Franco camina por el pasillo prácticamente a ciegas, al entrar en su habitación cierra la puerta tras de él con un golpe sordo. Apenas escucha cómo el picaporte encaja; el sonido queda sepultado por ese pitido agudo e infernal que de nuevo vuelve a abrirse paso dentro de su cabeza hasta perforar en su cerebro como un filo ardiente.
Con la esperanza vana de que el dolor no dure más de un par de minutos, se queda apoyado contra la madera, los hombros tensos, los dientes apretados y la respiració