Siena mantiene el teléfono apoyado en su oído mientras mira por la ventana, desde su posición en el alféizar de la ventana puede ver como la luna se refleja sobre la tranquila superficie del lago regalándole lo que considera una de las imágenes más bellas que ha visto en mucho tiempo.
—Por Dios santo Helena, no me estoy ausentando toda una vida —asegura en voz baja—. Será solo una semana más de lo planeado.
Guarda silencio, escuchando la respuesta innecesariamente histérica del otro lado. Es inevitable para ella suspirar con una mezcla de cansancio y resignación, a estas alturas ya está acostumbrada a los pequeños dramas armados por su socia.
—Sí, sí ya sé que es inesperado, pero eso pasa cuando se es la única hermana —murmura, con una sonrisa cansada—. Además, confío en ti. Sé que puedes manejar todo sin que yo esté allí.
Su dedo recorre el borde frío del vidrio mientras escucha otro comentario de su interlocutora. La expresión de Siena se suaviza cuando la voz de Helena también lo ha