Cuando mis ojos volvieron a abrirse, no estaba en las profundidades del agua, sino en una habitación blanca, donde la luz del sol filtrándose por las cortinas aliviaba el dolor de mis ojos. Un médico me sonrió con calma: “Lo lograste. Estuviste a punto de desaparecer, pero alguien te sacó a tiempo.” Mis manos temblaron al tocar las sábanas; el recuerdo del agua helada aún me acechaba, pero había algo nuevo en mi pecho: una sensación de alivio, como si un peso enorme hubiera desaparecido.
Poco d