Margaret apareció con una bandeja repleta de tazas de café y un plato de pastas caseras. El aroma del café se mezclaba con el de la cocina, un olor que tenía algo de maternal, de hogar. Me miró directamente al dejar la bandeja en la mesa.
—Guapa, aquí no te va a faltar nada, ¿me oyes? —aseguró—. Ahora eres parte de esta familia. En esta casa no hay espacio para juicios ni reproches. Aquí solo se empieza de nuevo.
Mis ojos se llenaron de lágrimas, aspiré muy despacio. Eran lágrimas de alivio,