—Leonardo, no puedes decir eso, dejándote llevar por la ira.
—¡Cállate! —la reprende—. ¡No quiero escucharte más! Te doy 10 minutos para que te vayas de la casa y te despidas de los niños. Si no sales en 10 minutos, yo misma te saco de aquí.
—¡No puedes ser tan cruel! No me hagas algo así, Leonardo... Acepto que hice mal, pero te amo y no quiero perderte.
—¡10 malditos minutos! —la sentencia, y se encierra en el baño como alma que se la lleva el diablo.
Se mete bajo la regadera, pone el