La tormenta no era natural. Podía sentirlo en cada fibra de mi ser, en el modo en que el cielo vibraba con ira y el suelo temblaba como si algo antiguo despertara desde sus entrañas. El aire tenía sabor a magia corrompida, a muerte y traición. No era una tormenta cualquiera. Era una advertencia.
La primera alarma retumbó en la distancia, una campana de bronce hechizado que solo se usaba cuando las defensas de la manada eran comprometidas. Salí corriendo de inmediato desde el edificio del Consej