El Café Noir se escondía en una calle lateral de la Condesa como un secreto bien guardado entre las galerías de arte y las boutiques vintage. Valeria llegó diez minutos antes de la hora acordada, un hábito que había perfeccionado durante años de negociaciones donde llegar primero significaba controlar el territorio. El reservado privado al que la condujo el mesero —un joven de camisa blanca impecable y delantal de lino— estaba en el segundo piso, separado del bullicio del café principal por una