PRIMERA PARTE: EL PESO DE LA NOCHE
La fogata se había apagado del todo. Solo quedaban brasas, un tenue resplandor anaranjado que parecía resistirse a morir, como si también él supiera que esa noche no era como las otras.
Leo estaba de pie junto al fuego muerto. Sus manos colgaban a los costados, pesadas, inertes. No las había lavado. No había querido. La sangre de Sofía se había secado en sus dedos, formando una costra oscura que se agrietaba con cada movimiento mínimo.
Diego estaba sentado en