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Capítulo 1: El Giro del Destino
"De un momento a otro, Lia y Kate estaban allí, de rodillas en el borde del sofá con la respiración entrecortada. Desde mi posición, sus escotes eran una invitación que hacía que mi sangre hirviera; verlas tan expuestas, tan distintas pero compartiendo el mismo fuego, me estaba volviendo loco. Fue entonces cuando Kate —la chica tímida, la amiga leal que siempre llevaba un libro bajo el brazo— rompió el último rastro de mi cordura con una frase que sonó a rendición: —Ethan... no aguanto más —susurró con la voz empañada por el alcohol y los ojos cargados de una urgencia que nunca le había visto—. Por favor... necesito sentirte dentro de mí. En ese instante, supe que el juego de la botella ya no era un juego; se había convertido en nuestra perdición". Estos últimos días habían sido devastadores. En la universidad habíamos estado sumergidos en parciales, exámenes y entregas; estábamos simplemente exhaustos. Al llegar a mi departamento, Lia y Kate, mis mejores amigas de siempre, se dejaron caer en los muebles. Con ellas nunca se sentía raro ser el único hombre del grupo; encajábamos a la perfección a pesar de ser polos opuestos. Lia tenía una tez tan pálida como la nieve que hacía resaltar sus tatuajes de una manera casi exótica; llevaba una "manga" completa desde los nudillos hasta el hombro. Su cabello azabache, largo hasta la cintura, y sus gafas enmarcaban unos ojos azules que la hacían lucir como una diosa intelectual y peligrosa. Ese día llevaba una falda tan corta que estaba seguro de que cualquier movimiento revelaría su extraordinaria figura. Tenía un cuerpo de infarto. Por otro lado, Kate era la timidez personificada. Centrada en sus estudios y bajo la vigilancia de padres estrictos, yo estaba seguro de que jamás había tenido un novio. Sospechaba que era influencia de Lia que hoy se hubiera vestido así: llevaba una minifalda rosa pastel con olanes, medias altas hasta los muslos y un escote excepcionalmente profundo que dejaba ver el encaje blanco de su sostén. Su cabello rubio caía en cascada sobre su espalda, dándole un aire de inocencia que me resultaba insoportable. Demonios, siempre me habían provocado, pero había logrado abstenerme. Sin embargo, hoy el estrés de los exámenes me tenía sin filtros. No podía despegar la mirada de cada asomo de piel bajo sus cortísimas falditas cada vez que hacían un movimiento torpe. Estaban allí, inclinadas sobre la barra de la cocina, hablando totalmente ajenas a mi mirada hambrienta, regalándome ocasionales y espectaculares vistas de sus traseros. Entonces, Lia me sacó de mi ensimismamiento. Sacó una botella de vodka de la alacena y activó nuestro plan silencioso con una mirada pícara. —Chicos, miren lo que encontré —dijo meneando la botella en el aire—. Tengo una idea... ¿qué tal si jugamos a la botella? —No lo sé... no debería... mis papás llegarán por mí en cualquier momento —se apresuró a decir Kate, dando un paso atrás y chocando directamente contra mi pecho. La vista de su escote desde mi altura era, sencillamente, una locura. —Vamos, será divertido —me apresuré a decir, guiándola suavemente hacia la alfombra de la sala. Servimos los primeros shots. El alcohol empezó a hacer su magia, relajando los músculos y soltando las lenguas. —Bien, yo empiezo —Lia giró la botella y el cuello apuntó hacia mí—. Ethan, dinos... ¿con cuántas personas has estado? —Directo al grano, como me gusta —respondí con una sonrisa—. Con seis chicas y un chico. Estallaron en risas. Gire la botella y se detuvo en Lia. Le devolví la pregunta. —Solo diez chicos, nada del otro mundo —respondió ella con naturalidad. Kate abrió mucho los ojos, escandalizada y fascinada al mismo tiempo. La botella volvió a girar, raspando el suelo con un sonido seco, hasta que el destino decidió detenerse en Kate. —Dinos, Kate... ¿con cuántos chicos has tenido sexo? —Lia se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal. —Yo... yo no responderé —Kate tomó un caballito de vodka y lo bebió de un solo trago, dejando su rostro rojo como un tomate. Lia y yo nos dimos una mirada cómplice. No habíamos hablado de esto directamente, pero ambos sabíamos que teníamos que ayudar a Kate con su "problema de timidez". Era obvio que nunca había estado con nadie. Las rondas siguieron y las preguntas se volvieron imposibles de contestar. El alcohol se terminó, y fue entonces cuando decidí sacar ventaja. —Ya no hay más licor, Lia, así que debes pagar tu deuda con una prenda. Sin pensarlo dos veces, Lia deslizó su playera sobre su cabeza. El espectáculo fue total: su abdomen plano, su ombligo y su generoso pecho apenas contenido por lencería de encaje carmesí y negro. Verla allí sentada, en sostén y minifalda, fue gasolina para mi sangre. Sentí cómo mi miembro reaccionaba violentamente bajo mis pantalones. Kate no despegaba la mirada del pecho de su amiga, que rebotaba sutilmente con cada respiración de Lia. —Sigamos —susurró Lia, guiñándole un ojo a Kate. La siguiente ronda fue mi camisa la que cayó al suelo, dejando mis abdominales expuestos. Lia se relamía los labios, pero Kate me miraba como si fuera a devorarme. En la siguiente ronda perdí mis pantalones; era imposible ocultar mi erección, así que me moví hacia el sofá para ganar una posición dominante. La botella giró una vez más antes de detenerse, por última vez, en Kate. Ella titubeó, temblando. Lia se colocó detrás de ella, ayudándola con una lentitud tortuosa a bajar el cierre de su blusa. El encaje blanco de Kate finalmente quedó expuesto, creando un contraste pecaminoso con la piel tatuada de Lia. Entonces, sin previo aviso, Lia tomó el rostro de Kate y la besó. Fue un beso rápido pero cargado de electricidad que encendió la habitación entera. Para mi sorpresa, Kate no se apartó; sus labios buscaron más, entregándose por fin al caos que habíamos provocado.






