En el coche, el silencio entre Thor y Celina no resultaba incómodo; al contrario, era cómodo, íntimo. La ciudad brillaba afuera, con luces que se esparcían en el horizonte como pequeñas luciérnagas atrapadas en el concreto. Thor conducía con una mano y, con la otra, sostenía la de ella, acariciando suavemente sus dedos. Le lanzó una mirada rápida y preguntó con voz baja, grave y llena de ternura:
— ¿Quieres que paremos en algún sitio para cenar? Conozco un bistró discreto cerca de aquí.
Celina