El perfume de Thor aquella mañana —fuerte, amaderado, intenso como él— comenzó a revolverle el estómago. Las náuseas le subían por la garganta y se mezclaban con el nerviosismo de estar a su lado, con el recuerdo de la mirada fulminante que le había lanzado a Roberto y con la presión que ella misma se imponía por parecer estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado, con la persona equivocada.
Intentó respirar hondo. Una, dos veces. En vano.
La tensión en el coche era casi palpable.