No conoces la decencia.
Narra Ignacia.
Él retrocedió y se alejó, bajando la mano para empuñarse el falo. Yo me revolvía nerviosa, sin poder apartar la vista de aquella habilidosa mano y de esos largos y elegantes dedos que recorrían la extensión poderosa.
A medida que la distancia entre nosotros se agrandaba, empecé a suspirar, mi cuerpo respondía a la perdida del suyo y la cálida languidez que él le había infundido con su roce se convirtió en un fuego lento, como si hubiera preparado una hoguera que hubiera sido ati