Capítulo 87. Sangre caliente.

El frío entró en la habitación como si se tratara de un intruso invisible, deslizándose bajo las pesadas mantas de lana y erizando la piel expuesta de Diana.

Abrió los ojos.

La luz que entraba por la ventana estrecha no era dorada ni cálida; era una luz gris, dura y azulada, típica de las mañanas de alta montaña. El techo sobre su cabeza no era de yeso liso, sino de vigas de roble ennegrecido por siglos de humo. Tardó un segundo en recordar dónde estaba.

Sicilia. La Roca. El exilio.

Palpó el la
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