Capítulo 19. Latidos en la penumbra.
Massimo fue a uno de los cajones cerrados con llave de su escritorio. Sacó una caja pequeña y un bote de gel.
Caminó hacia ella y se arrodilló entre sus piernas.
—Señor... ¿Qué hace?
Massimo la miró a los ojos. Sus iris verdes brillaban con una intensidad febril.
—Levántate la blusa.
—¡No! —Diana se cubrió el vientre con las manos—. Señor, no puedo...
—Diana —dijo él, y su voz se suavizó, volviéndose ronca y suplicante—. Por favor. Necesito... necesito saber que es real.
—¿Qué cosa?
—Lo