Sebastián despertó en silencio, sin nadie en la cama. La botella vacía de champán estaba apoyada sobre la que había sido su almohada principal, con una hoja de papel enrollada metida en el cuello. La agarró, la desenrolló sobre las sábanas arrugadas y leyó lo que ella había escrito.
«Querido Don Juan», comenzaba.
«Siento no poder quedarme a desayunar ni a tomar algo después. Tengo una cita en la ciudad a las ocho. Si sabes algo de la popularidad del salón de belleza de André, entenderás por qué