Lo último que esperaba era que ella lo acariciara como él la había estado acariciando. La sensación de sus dedos contra su piel le hizo jadear con fuerza. Los dedos se detuvieron, sus ojos se alzaron para captar el intenso placer reflejado en los suyos, y entonces, con una sensualidad que lo dejó sin aliento, humedeció sus labios palpitantes con la punta de la lengua, bajó la mirada y se inclinó hacia adelante para comenzar a depositar besos apasionados de un pezón al otro.
«Oh, Dios mío… Camil