El primer guardia no tuvo ni tiempo de gritar. Joaquín le giró el cuello con un chasquido seco que resonó en la celda. El cuerpo se desplomó como un saco de papas.
Los otros dos reaccionaron al ruido y entraron de inmediato, armas en mano. Lucía se lanzó como una fiera sobre el primero, su rodilla subiendo con precisión quirúrgica a la entrepierna. El hombre soltó un alarido desgarrador, doblándose de dolor.
El segundo guardia se abalanzó sobre Joaquín, pero él era demasiado rápido. Esquivó el