Anna dormía profundamente. La respiración pausada, los labios apenas entreabiertos, y una calma nueva que por fin parecía haber llegado después de tanto dolor.
Lissandro permanecía sentado junto a ella, con una mano apoyada sobre su brazo, vigilando cada movimiento.
La puerta se abrió con suavidad.
Lucía entró despacio, con una sonrisa nerviosa.
—¿Cómo está? —preguntó, dejando una pequeña bolsa sobre la mesa de noche.
Lissandro levantó la mirada, cansado pero aliviado.
—Mejor. El doctor dice qu