Por encima de la multitud que se agolpaba en el aparcamiento del ayuntamiento de Elkton, Farshad localizó la cabeza de su objetivo.
—Sigue conduciendo —le dijo a Shahbaz mientras el joven pasaba lentamente por el edificio. El corazón de Farshad saltó de alegría.
¡Alabado sea Alá! No solo ya se había ido la Guardia Nacional cuando él y Shahbaz llegaron, sino que Alá lo había conducido justo al tesoro del Enemigo, ahorrándoles la dificultad de buscarla en medio de la aglomeración.
Shahbaz siguió