—¡Michael! Kamila sonrió sorprendida al hombre parado en la puerta de su casa.
—¿Cómo estás? —Su piel color moka se había oscurecido con el sol de agosto, haciendo que sus ojos gris-verdosos fueran aún más sorprendentes.
—Estoy genial. ¿Qué estás haciendo aquí?
—Iba a dejar esto en tu buzón cuando escuché tu música.
—Sí, estaba haciendo ejercicio. —Hizo un gesto en dirección a su ajustado traje de yoga—. ¿Quieres entrar?
—Solo si no te interrumpo —dijo con una rápida mirada.
—No, ya he terminad