—Es hora de correr, princesa. —Mike barrió el claro con esa mirada omnisciente que le provocaba a Kamila un nudo en el estómago. Cada árbol, cada hoja, cada brizna de hierba fue escudriñada en menos de un milisegundo. Finalmente, sus ojos se posaron sobre Kamila mientras esta se ajustaba la correa del bolso.
Ella asintió. Al menos no llevaba una mochila que parecía pesar sesenta libras.
—¿Por qué no me das eso? —Mike se quitó la mochila de los hombros—. Vas a necesitar tus brazos libres.
Ella o