El amanecer en la Zona Cero no trajo calor, solo una luz gris y sucia que revelaba la magnitud del desastre.
Kogan estaba sentado sobre un bloque de hormigón roto, a pocos metros de la boca del túnel. No intentaba parecer fuerte. No podía. La sangre negra del "Durmiente" se había secado sobre su ropa y su piel como una segunda capa de alquitrán, y debajo de ella, su cuerpo temblaba. Sus huesos, que habían resistido la presión de un dios, ahora gritaban. Sentía una fiebre helada recorriéndole la