Diles a mis hijos que los amo muchísimo.
Isabella dejó a sus hijos con sus padres y siguió al doctor hasta la sala de cuidados intensivos.
Cuando llegó hasta ahí, la chef efectivamente vió al hombre ruso que tenía los ojos abiertos, pero eso no lo hacía ver mejor.
— Sergey... Sergey... Estoy aquí. — Isabella lloraba. — ¿Cómo... cómo te sientes? No tienes color en el rostro.
Sergey con la poca fuerza que tenía y con la mano temblorosa llegó a ella, se la puso en la mejilla y muy despacio susurró.
— No llores, no quiero verte