Sergey ha despertado.
A la jóven Smith no le quedó más remedio que calmarse, no le convenía llevar un pleito a los extremos y quedarse sin prometido. Ella todavía tenía que casarse.
— No te hagas el inocente conmigo William Larsson, te investigué y conozco tu pequeño gran secreto, ¿No me crees? Dime, ¿Cómo te sentías cuando los corpulentos enfermeros entraban a tu blanca habitación y te inyectaban calmantes para que dejaras de gritar que te sacarán, que no estabas loco?
— ¿Qué dijiste?
— Pobre señorito Lar