La pregunta de la sofisticada heredera había llegado a los oídos de su marido, más él parecía haberse quedado mudo y sin aliento. Su rostro estaba ceniciento, sus ojos casi saltones.
— No... no lo sé, querida... — La respuesta del italiano era evidentemente nerviosa.
Los invitados se estaban haciendo preguntas, entre ellos por supuesto los suegros y cuñados de Paulo.
— ¿Qué diablos está pasando aquí, Paulo? ¿Quién es este hombre, y por qué ha venido a interrumpir la fiesta de Anastasi