Helena no durmió.
Lo intentó.
De verdad.
Pero cada vez que cerraba los ojos, regresaba a la cocina.
Al beso.
A las manos de Gabriel sujetando su cintura.
A la forma en que la había mirado.
Como si fuera la única persona en el mundo.
Alrededor de las tres de la madrugada, se rindió.
Se levantó.
Fue a la cocina.
Necesitaba agua.
O un milagro.
Se detuvo inmediatamente al entrar.
Gabriel estaba allí.
Sentado frente a la barra.
Con la computadora abierta.
Y una taza de café olvidada a un lado.
Él ta