El silencio permaneció en el ático durante varios segundos después de que Emma se marchara.
Helena seguía junto a la ventana.
Gabriel continuaba sentado a la mesa.
Pero ninguno de los dos lograba volver a concentrarse en nada.
Porque ahora había algo entre ellos.
Algo que ya no podía seguir ignorándose.
El problema era que ninguno de los dos parecía saber exactamente qué hacer con ello.
—Deberías descansar.
dijo Gabriel.
Helena cruzó los brazos.
—Es la décima vez que escucho eso desde que me de