ANGIE
—Señor taxista, déjeme aquí.
—Listo, señorita, son 25.000.
—Me pareció que mi novio le pagó.
—No, señorita, él pidió.
Tome y gracias.
—A usted, señorita.
—Sé que me las merezco, no quise que subiera la loma; le vi la cara de asustado y molesto cuando el terreno se empezó a empinar.
—Señorita, es que entre más arriba, es más peligroso y el carro se me daña, pues ni tiene alas ni patas de cabra. Luego, ¿usted vive más arriba?
—Vivo en la cumbre, en lo más alto de la ciudad, encima de todos,