Danilo
Él se detuvo en el umbral, con el corazón golpeando como un tambor desafinado. La casa de Ángela estaba iluminada tenuemente, y el aire olía a flores marchitas y perfume caro. Ella estaba allí, sentada en las escaleras de la entrada, con los ojos rojos y las mejillas húmedas. Por un instante, cuando lo miró, la tristeza se quebró en una sonrisa mínima, apenas un destello que lo desarmó.
Dudó, pensando que si se acercaba, ella lo apartaría con frialdad. Pero se lanzó, como quien se arroja