Adrián salió de su habitación cansado, sintiendo el cuerpo entumecido y agotado. El chichón en su cabeza apenas había terminado de disminuir; la terrible jaqueca lo atormentaba cuando cerraba los ojos, trayendo consigo imágenes distorsionadas de los cadáveres en el suelo y la sangre sobre el escenario.
Por suerte, las violinistas que estaban sobre la tarima habían descendido justo a tiempo; los muertos podrían haber sido más. Todo eso era por él, por intentar matarlo a él. Una sensación en el