Eva se despertó sobresaltada, con la piel ardiendo como si alguien hubiera dibujado sobre ella con un hierro candente. La sensación la había arrancado de un sueño profundo, uno donde corría por un bosque oscuro perseguida por sombras que susurraban su nombre con voces antiguas. Se incorporó en la cama, jadeando, y encendió la lámpara de la mesita de noche.
El reloj marcaba las 3:33 de la madrugada.
Algo no estaba bien. El ardor se concentraba en su antebrazo izquierdo. Cuando bajó la mirada, el