El sueño comenzó como siempre: con sangre.
Eva se encontraba en una habitación medieval, iluminada por velas que proyectaban sombras danzantes sobre paredes de piedra. Llevaba un vestido blanco de seda que se deslizaba por su piel como agua. Frente a ella, Lucian la observaba con ojos hambrientos, diferentes a los que conocía—más salvajes, más antiguos.
"Ven a mí," susurró él, extendiendo una mano manchada de rojo.
Eva avanzó, incapaz de resistirse. Su cuerpo no le pertenecía en estos sueños. C