La llamada llegó a las nueve de la mañana mientras Isabella regaba los tomates en el patio.
Priya no era dada a la calidez. —Terminó —dijo—. O lo estará para el mediodía. Sauer aceptó el acuerdo.
Isabella dejó la regadera sobre el escalón agrietado. La ventana detrás de ella seguía atascada en su marco, como siempre. La radio de un vecino sonaba demasiado alta en algún piso arriba. El mundo ordinario seguía siendo ordinario mientras la cosa que había llevado durante seis años se plegaba silenci