Priya Sharma respondió al teléfono a la 1:40 de la madrugada, hora de Lisboa, y no sonaba en absoluto dormida.
—Dime.
Isabella se lo contó todo. Todo, de pie junto a la ventana de una habitación de hotel con las luces del Tajo debajo de ella, en la forma plana, ordenada y cronológica que había aprendido a dar a la evidencia. El vestíbulo. El bar. El grupo de trabajo. La oferta. La negativa. La última advertencia, dicha a sus espaldas.
Cuando terminó, hubo cuatro segundos de silencio.
—Rechazast