Durante nueve días, Leonardo Montenegro no hizo nada.
Fue lo más difícil que había hecho nunca. Más que la adquisición, más que el funeral de su padre, más que la sala de juntas. No llamó. No envió flores, que había pedido dos veces y cancelado dos veces. No hizo que nadie fuera a verla, aunque sabía la dirección de Sofía, el nombre del portero y el número del restaurante de la esquina.
Se sentó en el estudio con la carpeta de ella en su escritorio y leyó el hilo de correos de Julian hasta que