Una mujer sin corazón.
La mirada encendida del faraón, recayó en su fiel asistente. El poderoso Anubis agachó la mirada.
— ¿Qué estas diciendo?.
— Según las leyes egipcias, no podemos echar a la faraona del palacio, ella también tiene derecho a estar aquí... A menos que ella misma decida irse.
— Ya escuchaste, ni siquiera tu fiel asistente puede obedecerte está vez, no tiene la autoridad para echarme, tengo derecho a este palacio, es a menos que yo lo decida que te puedes deshacer de mi.
— Entonces me iré yo, nunca permaneceré bajo el mismo techo que tú, Kenik, piénsalo bien antes de desafiarme, porque te aseguro que no te voy a tener piedad.
— No tengo miedo, estoy dispuesta a todo para recuperar tu amor, por hacer juntos esa familia que tanto querías, ¿Recuerdas?
— ¡¿Y te atreves a recordarme como tomaste esas hierbas para abortar a mi hijo porque te impediría seguir acostándote con tus amantes?! — El faraón rió sarcásticamente. — Tu si que eres valiente, o más bien demasiado imbécil.
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