4

En el retrovisor, Marco frunció el ceño.

—Nos siguen, señorita Rose —dijo con voz baja.

Rose miró por el cristal. Dos vehículos oscuros. Sin insignias visibles, pero con la disciplina de los lobos que trabajaban para la manada Fénix.

No era sorpresa.

Era estrategia. Ese lobo no estaba en sus cabales, evidentemente; se comportaba como un cachorro caprichoso.

Alex Buenaventura no vendría en persona. Enviaría a otros. Como correspondía a un alfa que se creía superior.

Rose apretó la mandíbula.

—No seas estúpido —pensó para sí—. No me digas que herí tu ego.

La persecución no fue caótica. Fue controlada. Los vehículos se adelantaron, bloqueando la ruta con precisión. Ningún choque. Ningún grito.

Solo la orden silenciosa de detenerse.

Marco desaceleró.

—No —dijo.

Rose lo miró.

—Es una orden mía, debemos parar... No los guiaré hasta mi padre, Marco. Sería una falta de respeto.

Él apretó el volante.

—Puedo llevarte con tu padre... si se entera de que quieren detenerte.....

—Y ellos te seguirán. Llegarán antes. Harán daño. No tiene sentido. Es una ofensa para el supremo en sus tierras, por favor. Haz lo que te pido.

El guardián dudó.

Sus ojos azules se clavaron en los lobos que se acercaban..

—Basta. Bajaremos, no se habla más.

—Rose…

—¡ES UNA ORDEN, MARCO!

El silencio que siguió fue pesado.

Marco cerró los ojos un instante, conteniendo la rabia. Luego asintió.

—Bien...bien.

Cuando las puertas se abrieron, Rose sabía que todo sería más difícil e innecesario de lo que podía querer.

Marco sabía que debía transformarse y huir, como se lo había dicho Rose; nada debía hacer allí. Aquello le costó mucho al guardián.

—¡Maldición! —susurró uno de los lobos—. Se ha ido, ¿iremos por él?

—No, el alfa solo pidió a la chica —fue la contestación de otro.

Los lobos se acercaron con superioridad, sin tacto, y le pusieron esposas... Sus rodillas tocaron el cemento de inmediato, doloroso y brusco.

Rose,no bajó la mirada. No les daría el gusto.

Uno de los lobos la sujetó con firmeza, con exceso. Era detención, era el castigo por haberle dicho a un alfa que en realidad era un cobarde. No le había mentido.

Ella no luchó.

El orgullo no era debilidad.

La llevaron inmediatamente ante Alex Buenaventura.

El alfa estaba de pie, rodeado de consejeros. Su expresión era fría, malhumorada. Se imaginaba que era difícil para él el hecho de no estar rodeado de gente. Estos lobos alimentaban su ego y era lo que lo hacía sentir poderoso. 

No había triunfo en su mirada.

Solo irá... enojo.

—Señorita Rose —dijo—. Ha ofendido a un alfa en público... ¿sabe que eso es un delito?

Rose sostuvo su mirada.Podía sentir el vínculo, y al mismo tiempo como que se desvanecía.

Era un eco distante, como una cuerda tensa que aún no se había afinado.

—Me invitaron a una fiesta para maltratarme... humillarme. No tengo tiempo para eso, consejero. —respondió. Mirando de reojo al alfa.

Los consejeros murmuraron.

Alex levantó la mano para silenciarlos.

—Las palabras tienen peso. Consecuencias. Tal vez con un pedido de disculpas, pueda suavizar. ...mi castigo sobre ti.

Ella sonrió, pero sin humor.

—No.

El alfa la observó; su enojo fue mutando.

Por un instante, algo pasó por su rostro. El lobo sostuvo su cabeza como si le pesara.

Un destello.

Una grieta.

Como si su propio ego no supiera qué hacer con la respuesta.

—Te disculparás en público, NO ES UNA PREGUNTA—dijo finalmente—. Estoy aquí para establecer límites. ¿No lo entiendes?

Rose arqueó una ceja.

—¿Límites?

—Eres mi mate. No tienes permiso para desafiarme públicamente. Ni para desobedecer. ¿Qué dice de mí eso?

Los consejeros asintieron; algunos se miraron con una risa burlona, Rose lo notó. Era la lógica del poder.

Rose respiró hondo.

Alex la miró con detenimiento.

—Aún no entiendes cómo funcionan las manadas. El vínculo no te da libertad. Te da propósito... Debes obedecerme.

Ella negó con la cabeza.

—El vínculo no es cadena... y yo no respondo a ti.

Uno de los lobos que la sostenía apretó uno de sus brazos, provocando un dolor que intentó disimular.Aunque lamentablemente se trasmitió a su rostro.

Finalmente, Alex hizo un gesto.

—Llévensela... a un lugar donde pueda reflexionar. Entender que yo tengo razón por sobre todas las cosas.

Ella no dijo nada, sabía muy bien adónde iba a parar un lobo rebelde que iba contra las órdenes de un alfa.

La condujeron por pasillos amplios hasta una puerta pesada. El sonido del cerrojo fue definitivo.

Cuando la abrieron, era un calabozo. Sucio... aterrador. Aquellos que se describían en los cuentos donde el malvado retenía a la princesa.

Paredes desnudas.

Una cama simple.

Sin ventanas.

El aire olía a piedra y aislamiento.

Rose se detuvo en el umbral.

—Bueno... realmente estoy jodida... —pensó.

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El alfa se quedó en la oficina con su beta.

Luca Castelar.

El hombre que servía como equilibrio entre la fuerza y la estrategia.

Los consejeros habían salido. La orden de detención ya estaba ejecutada. Rose estaba encerrada, por ofender a un alfa.

El asunto, en apariencia, estaba resuelto.

Pero Alex no se sentó.

Seguía de pie.

Con la mandíbula tensa.

Luca lo observó en silencio por un segundo.

—Fue un movimiento arriesgado, Alfa—dijo finalmente—. Detenerla así ..... su mate después de todo.

Alex no respondió de inmediato.Su mirada se perdió en la pared.

—El ruido se disipará...ahora sabrán que nadie puede meterse conmigo —dijo.

Su voz sonó firme.

Demasiado firme.

El beta frunció el ceño.

—No se trata solo del ruido. Ella es tu mate. Hay implicaciones políticas. Y personales. Las otras manadas murmuran.

Alex soltó una risa corta, sin humor.

—Murmurarán...

Luca lo estudió con más atención.

El beta dio un paso adelante.

—Alex.

El alfa lo miró.

—¿Qué? .? No es un capricho... Es una lección que debe aprender por las buenas o las malas.

Luca dudó, se suponía que no se trataba así a una compañera, a una mate.Era lo más preciado en el mundo.

—Te ves… pálido.

Alex arqueó una ceja.

—Estoy bien.

Fue la respuesta automática.

La que cerraba la conversación.

Pero Luca no era fácil de convencer.

—Tu nariz.

El alfa parpadeó.

Instintivamente, se tocó la cara.

Y entonces la vio.

Una línea de sangre, silenciosa

Pero estaba allí.

Alex la borró con el dorso de la mano.

Como si nunca hubiera existido.

Luca no apartó la mirada.

—Deberías sentarte.

El alfa lo fulminó con los ojos.

—No... ¿Me crees débil? Estoy bien, dije.

El alfa caminó hasta la ventana.

Miró hacia el exterior. Su respiración era distinta, y el lobo empujaba por salir.

Quiero a mi mate... podía escuchar susurrar en su cabeza. Te arrepentirás.

La idea lo atravesó.

—Estoy bien —repitió.

Luca asintió.

No porque creyera la frase.

Sino porque sabía que insistir sería inútil.

—De acuerdo.

El beta dio un paso atrás.

Pero antes de salir, lo miró una vez más; la sangre ya no estaba.

El gesto del alfa tampoco mostraba debilidad.

Y aun así… se preocupaba por esos episodios que se hacían frecuentes y no tenían explicación.

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La puerta se abrió. Lo último que esperaba ver Rose era a Alex Buenaventura parado allí, enfrentándola solo.

La mirada fue suficiente. No saludó. Simplemente observó el lugar con seriedad y asco.

Rose Atlanta levantó la barbilla.

El alfa dio un paso.

—Te lo advertí.

Rose sonrió, sin humor, una vez más.

—No soy propiedad de nadie... lamento recordártelo cada vez que me ves. Lamento que te pese tanto.

El silencio se cortó.

El vínculo vibró, una vez más.

—Eres mi mate —dijo, acercándose cuando ella se levantó de golpe apoyándose en una de las paredes llenas de humedad—. Y eso implica responsabilidades.—Acarició su mejilla con suavidad, inspeccionándola con cautela. Rose lo tomó como una actitud hipócrita; él había dado la orden de que fuese encerrada allí.

La loba lo miró fijo.

—No implica sumisión... ¿Me vas a pedir permiso para humillarme?

La mandíbula del alfa se tensó.

—Implica respeto... debes obedecerme. Yo soy al que todos ven. Por eso es que no puedes acompañarme públicamente, lamento que sea así... pero no das la talla... Quiero ser sincero contigo, que conozcas tu lugar.

—Eres un asco... de verdad.

El alfa avanzó otro paso.

—Créeme que no dirás lo mismo cuando estés en mi cama...

Ahora estaba más cerca.

No demasiado.

—No volverás a desafiarme en público, te mantendré aquí hasta que entiendas... hasta que esa cabecita tuya pueda verme con el respeto que merezco. 

—Yo tengo funciones que cumplir... un trabajo —dijo Rose sin mirarlo.

—¿Qué?... ¿Con el alfa supremo que hace años que nadie ve? Descuida, date por despedida de tu puesto. Si alguien quiere hablar de ello, lo hablará conmigo, Rose. Yo daré mis razones de por qué estás aquí.

Los ojos de Rose Atlanta estaban llenos de furia; ¿cómo podía la diosa ofrecerle semejante prospecto. Un hombre sin alma, sumido en el orgullo de creerse alguien importante. En realidad, ni lo era, y ella, siendo su mate, tenía  que reconocerlo. Eso le hacía mucho daño, aunque quiso ignorarlo.

Fue allí que Alfa se sujetó de la pared cuando una fuerza que vino de su interior lo sacudió.No era la primera vez que Rose lo veía extraño o debilitado por algo que el mismo lobo evitaba explicar.

—¿Estás bien? —dijo colocándose a su lado; temía que perdiera el conocimiento—. Te ocurre seguido, ¿no?  

—Desde niño....yo...muchas veces no coincido con mi...lobo.—aquella declaración fue suave y a la vez liberadora para el hombbre, que apoyo la cabeza contra la pared intentando recuperar el aliento

—¿es muy doloroso?

él asintió con gran cansancio— mi lobo es antiguo, tiene una debilidad grande por ti, una que debo controlar...a veces creo que es capaz de tomar el control y hacerme a un lado.

Ambos se encontraron mirandose sin máscaras , escuchandose como dos personas que podían compartir pensamientos sin gritarse, o ir en contra del otro.

—yo..lo lamento...es importante la armonía entre ambos espiritus. Si de algo sirve creo que ambos llevamos la situación un poco lejos...

Los ojos del hombre pasaron de un color miel a un oscuro posesivo, a un oscuro en donde toda humanidad podia perderse.

—¿Alfa Alex?...tus ojos...¿estás bien?—ella hubiera jurado que esa persona habia cambiado por completo, incluso parecía más grande y musculoso que cuando entro al calabozo, incluso su aroma ahora era una fragancia que picaba en su nariz, que la hacia perderse, teniendo que soportar un calor infernal.

Ella sintió como ese lobo respiró en su cuello, haciendola sentir tan diferente.

—DEBES IRTE....—dijo

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