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—Bastiaan, no tienes que explicarme nada —trató de usar su voz más calmada—. Solo tenías que decirme que venías a Milán a verte con una chica.
«Y la maldita casualidad de que es mi amiga», pensó y sin mirarlo dio la vuelta para seguir con su camino.
—Es cierto, vine por una chica —Bastiaan le confirmó tomándola de la mano—, y esa eres tú.
No entendía el porqué de aquellas palabras le desgarraban el corazón,