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“Nadie te amará jamás como te amo yo”, había dicho ella, y esas palabras habían quedado flotando como un molesto eco rebotando alegremente en las paredes del apartamento de Maurice.

Éste yacía sentado en el suelo, deseando hoy más que nunca un trago.

¿Qué le había pasado? ¿Cómo había perdido el control de esta manera?

Aunque rememoraba cada instante en su mente, era consciente de que a cada paso él pudo haberse detenido, pero no quiso. Simplemente no quiso.

Había violado a una mujer aquí, en su puerta, y ella había salido llorando.

Está bien, oficialmente no era una violación, pues él le había abierto una y otra vez la salida, pero él había sido rudo… con una virgen, por Dios.

No podía excusarse a sí mismo diciéndose que se lo había advertido, que sólo había intentado asustarla. No la había asustado, de hecho, ella no había querido separarse de él. Pero había salido herida a un nivel que él no comprendía y ahora se sentía mortificado.

¡Su vida había estado tan tranquila hasta hoy! ¿Por qué había tenido que llegar el clon de Stephanie para ponerlo otra vez todo patas arriba?

Se detuvo cuando se dio cuenta de que no recordaba el nombre de la chica. Para él sólo era la pelirroja fantasma de Stephanie. Y ella quería casarse con él, semejante patán.

¿Por qué lo amaba?, no tenía ni la más remota idea. ¿Por qué permaneció virgen hasta hoy?, tampoco lo comprendía. En un mundo como el de hoy, en el que las mujeres tenían quizá el mismo poder que los hombres y disfrutaban su sexualidad abierta y sin inhibiciones, encontrar una virgen era como hallar una perla en una montaña rocosa.

Y él se la había quitado a una mujer que a lo mejor esperaba pétalos de rosas y velas perfumadas en el lecho nupcial.

Hizo una mueca.

Había sido más o menos así para él. Stephanie se había negado a tener sexo antes del matrimonio, y para entonces él había sido virgen. Su primera mujer había sido ella, su primer amor. Había respetado sus deseos, y no cayó en cuenta de que ella debió haber sentido alguna incomodidad la primera vez que estuvieron juntos sino semanas después de la luna de miel, y ella, muy tranquila, había admitido que no era virgen cuando se casó.

No tuvo tiempo de sentirse decepcionado, recordó. Su mujer sabía manejar a los hombres con sexo, y en un segundo, lo había distraído y le había hecho olvidar lo que seguramente pudo haber sido el motivo de una gran discusión. Por el contrario, en ese momento casi había agradecido que ella tuviera más experiencia que él.

Cerró sus ojos con fuerza, pues odiaba recordar al Maurice de aquella época, al niño enamorado, al niño que se bebía las palabras de su mujer y había movido cielo y tierra para complacerla en sus más extravagantes caprichos.

Se había casado a los veintitrés, luego de graduarse de la universidad como única condición de su tío Stephen para hacer lo que quería. La había conocido al inicio de su carrera y, por lo tanto, había rechazado cualquier avance de las otras mujeres. Se había conservado para ella, sólo por ella. El chico de veintitrés y virgen, que se iba a casar locamente enamorado.

Vaya idiota que fue.

Y ahora él le había quitado la virginidad a esta mujer que decía amarlo. Si aquello era cierto o no, no lo sabía, pero sabía lo que se sentía ser burlado, ser utilizado.

Se levantó del suelo y se fue a su habitación. Mañana tenía un almuerzo con el tío Stephen, y debía dormir bien. No quería desarrollar ojeras, otra vez.

—¡Estúpida! –gritó Theresa Livingstone estampando nuevamente su mano en el rostro de su hija mayor—. ¿Qué te crees que estás haciendo? ¡QUÉ TE CREES QUE ESTÁS HACIENDO! –gritó otra vez, como si la primera vez no lo hubiese dicho lo suficientemente alto—. ¡No tendré por hija a una zorra como la maldita Stephanie! ¡No lo toleraré! –Abigail cerró sus ojos y se sentó en su estrecha cama. Ya había escuchado hoy demasiadas veces ese nombre. Nadie lo sabía, pero a ella la acosaba más ese fantasma que a cualquiera de esta casa.

Su madre siguió con su diatriba, sin imaginarse siquiera lo que estaba pasando por la mente de su hija. El dolor que laceraba su alma, la resignación a vivir esto día a día hasta que la muerte se compadeciera y viniera por ella. Hoy, más que nunca, deseó de verdad sufrir una enfermedad grave y morirse. El suicidio la asustaba, y le parecía poco valiente, pero ella estaba cansada de ser valiente. Quizá un día de estos de verdad lo hiciera.

Sintió náuseas.

No, no era capaz. ¡Pero ah, si lo fuera!

—Estás bastante apagado hoy –le dijo Stephen a Maurice llevándose la copa de vino a sus labios. Él alzó la mirada a él y dejó salir el aire.

—Perdona, no quise parecer distraído.

—No pareces distraído, sino apagado –Maurice bajó la mirada y la clavó en su plato. El de Stephen ya estaba vacío, y el suyo permanecía casi intacto. Ya olvidaba de qué era que había estado hablando su tío. Del negocio, seguramente, pero no podía seguirle el hilo, ya que no había estado prestando mucha atención—. ¿Pasa algo? –Maurice negó, y removió su plato con su tenedor sin mucho entusiasmo.

—¿Conoces… conoces a la familia Livingstone? –Stephen frunció el ceño.

—Conozco a varios Livingstone –Maurice hizo una mueca.

—Pero creo que sabes a quiénes me refiero.

—Si es a esos Livingstone, entonces sabes que sí. ¿Pasa algo con ellos?

—¿Sabes dónde tienen su residencia?

—Maurice, ¿qué planeas hacer? –Maurice hizo una mueca negando—. Una locura, probablemente –refunfuñó Stephen contestándose a sí mismo—. Siempre pensé que en algún momento querrías cobrar venganza contra esas familias en particular, pero espero que no se trate de ir a su casa y arrojarle huevos a sus ventanas –Maurice sonrió.

—Si deseara vengarme, ¿me apoyarías?

—Claro que sí.

—¿Seguro?

—No sería tu venganza solamente; también la mía—. Maurice sonrió otra vez, pero ahora más cínicamente.

—Pues resulta que… se me ha presentado la oportunidad de vengarme… de una manera bastante peculiar.

—Ah, ¿sí?

—Arnold Livingstone está un poco apurado de dinero ahora mismo, ¿sabes? Ha estado haciendo unos cuantos malos negocios últimamente.

—Sus hijas hicieron buenos matrimonios, seguramente alguno de ellos lo sacará del apuro.

—No tanto… William Richardson actualmente está involucrado en una inversión que le está costando algo de dinero en metálico. A largo plazo sacará sus ganancias, pero no puede prescindir de efectivo ahora mismo.

—Siempre están los otros dos.

—James Stevens está en la ruina.

—¿Cómo lo sabes?

—Sólo lo sé. Y Leonard Chandler no lo ayudará si yo se lo pido.

—¿Por qué haría él algo que tú le pidieras?

—Porque me sé unos cuantos secretitos suyos –Stephen alzó sus cejas un poco asombrado.

—¿No has vuelto del todo a la alta sociedad y ya sabes secretitos? Eres de temer.

—Cuando esa gente me hizo daño, yo no era más que un niño que pensaba que todo el mundo era bueno como yo. Han pasado siete años después de eso, y he cambiado. Creo que quiero decirles que con la dignidad de las personas no se juega –Stephen lo miró fijamente. Estaba dispuesto a apoyar a su sobrino en su venganza no por motivos egoístas, sino para protegerlo. En el momento en que viera que Maurice estaba en peligro, él mismo desbarataría el plan. Sin embargo, guardó silencio y elevó su copa a modo de brindis. Maurice estaba sacando fuera la ira que había hervido dentro de él por años, y se temía que la explosión no sería menor que la de una bomba atómica.

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