57.

El silencio duró solo un segundo, pero se sintió como una eternidad. Isabela con su ropa empapada por el contacto con la fuente, me miraba con la desesperación de un animal atrapado. El terror había desaparecido, reemplazado por la comprensión de que su secreto acababa de explotarle en la cara.

La gente de la plaza, atraída por mi grito y el chapoteo de la silla en el agua se acercaba curiosa.

— ¡Isabela hermana! ¡¿Estás bien?! — exclamé, mi voz subiendo en un tono de falsa conmoción. Me acerqu
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