- Tú... ¿Te acostaste con tu propia hermana? - Se me formó un nudo en la garganta, como si nada más pudiera pasar por ella, ni siquiera la saliva.
Se reía desenfrenadamente. Poco a poco la risa se hizo más fuerte, convirtiéndose en una carcajada que me dolió casi como una puñalada. De la nada, la sonrisa cayó de sus labios y me miró, sus iris de un color azul profundo, como el mar en un día soleado... Que ocultaba la peor de las tormentas.
- ¡Aneliese no es mi hermana!
Aparté la mirada de él, a