Eleanor permanecía junto a la puerta de la habitación, aguardando mi llegada con una inquietud que ya no intentaba ocultar. En cuanto me acerqué, se hizo a un lado y abrió lentamente la puerta para dejarme entrar, pero antes de que pudiera cruzar el umbral volvió a detenerme. Sus dedos temblorosos se aferraron con suavidad a mi antebrazo y, al levantar la vista hacia mí, encontré en sus ojos una mezcla de miedo, culpa y una súplica que parecía no encontrar la fuerza suficiente para convertir en