Marina
El grito de Joaquín nos sacude.
—¡Corran!
Ni siquiera lo pienso. Me aferro al brazo de Daniel y salimos corriendo del cuartito donde estábamos.
El corazón me martillea las costillas. Las luces están apagadas, solo se ve la luna filtrarse por los ventanales, y el eco de nuestros pasos rebota contra las paredes.
Puedo sentir la adrenalina recorriendo mi cuerpo, el miedo amenazando con apoderarse de mí, pero no lo permito, no puedo hacerlo, porque esto no se trata solo de mí, tengo que prot