Andruw Di'Marco
El timbre agudo de mi teléfono celular rasgó la calidez de la habitación con una sutil violencia.
Cerré los ojos un instante, sintiendo un peso conocido y asfixiante asentarse de golpe sobre mis hombros. Una maldición muda se formó en mi garganta. ¿Es que acaso no podía tener ni siquiera un maldito segundo de paz? Solo un momento para respirar el aroma a bebé de mi hijo, para sostener la mano de la mujer que acababa de aceptar arder conmigo en mi propio infierno, antes de que el