Andruw Di'Marco.
Mi pregunta aun flotaba en el aire del vestíbulo, pesada, gélida. El doctor Richards permaneció frente a mí, con el rostro completamente pálido y las manos temblorosas aferradas a un fajo de papeles. A nuestro alrededor, el personal administrativo y las secretarias se habían congelado en sus puestos; me miraban de reojo, sin atreverse siquiera a pestañear, temiendo que cualquier movimiento en falso desatara la furia que sabían que yo intentaba contener.
Richards tragó grueso, u