Luna Navarro se encontraba en el centro del salón principal, rodeada de cajas de documentos antiguos y pantallas con informes legales. Habían pasado dos semanas desde la última ofensiva de Gonzalo Montalbán Ruiz, y la presión no había disminuido. El hombre había contratado a uno de los bufetes más agresivos de Madrid y estaba intentando impugnar la legalidad de la Fundación argumentando que “no existía un heredero legítimo de sangre Montalbán”.
Era una maniobra desesperada, pero peligrosa.
Esa