Luna Navarro despertó con el primer rayo de sol filtrándose por las cortinas de la habitación principal. Llevaba ya seis meses como Custodia oficial del Legado y, aunque el peso seguía siendo grande, ya no lo sentía como una carga. Se había convertido en parte de ella.
Se levantó, se puso una bata ligera y bajó al despacho. Sobre el escritorio había una carta sellada con lacre antiguo. El remitente era un bufete de abogados de Madrid. Al abrirla, su expresión se endureció.
Gonzalo Montalbán Rui