Luna Navarro, con ochenta y tres años, sabía que su tiempo se estaba acabando.
Llevaba varios días sin fuerzas para levantarse de la cama, pero esa mañana pidió que la llevaran hasta el olivo joven. Sus nietos la acomodaron con cuidado en una silla de ruedas y la empujaron lentamente hasta el árbol.
Cuando llegó, pidió que la dejaran sola.
Todos se retiraron unos metros, respetando su deseo.
Luna miró el olivo durante un largo rato. El árbol ahora era fuerte y majestuoso, con un tronco ancho y