Ciento setenta años habían pasado desde que Doña Magdalena Montalbán cerró los ojos por última vez bajo el viejo olivo.
La Hacienda Los Olivos ya no era solo un lugar. Era un santuario vivo.
Los olivares se extendían como un mar plateado que parecía no tener fin. La escuela se había convertido en una universidad popular con programas de liderazgo femenino. Las cooperativas de mujeres eran un modelo internacional. Y el olivo joven, ahora robusto y centenario a su manera, seguía siendo el corazón