Josefina se estiró con un bostezo perezoso, brazos altos sobre su cabeza.
—Buenos días, señorita Sofía.
Cuando notó que Álex estaba despierto, su rostro se iluminó. —Y buenos días para ti, Álex.
—Buenos días, Josefina —respondió Álex, inseguro de qué más decir bajo la mirada aguda y ardiente de Sofía.
Josefina balanceó sus piernas fuera de la cama, crujiendo su cuello como si nada inusual hubiera pasado.
—Haré desayuno para los tres, ¿está bien? —Se dirigió hacia la puerta como si fuera cualquie